lunes, 2 de noviembre de 2015

Cuentos a orillas del Guadiana: "Tomás"

Son casi las once de una estupenda mañana y Tomás se acaba de despertar. Está de muy buen ánimo, pero también cansado. Acaba de venir de un viaje por Sudamérica, regalo de sus padres al terminar el último máster. Ahora podrá exponer sus mejores fotos del viaje tal y como ha hecho otras veces. Como le repetía siempre su abuela: "las cosas no son como son, sino como se las recuerda".

Tomás sale al balcón y contempla maravillado el río Guadiana. Se pregunta qué es lo que tiene esta ciudad de la que es imposible desarraigarse. Él conoce mundo. En tercero de carrera estuvo un año en Roma, pasó 6 meses en Londres haciendo un máster y a sus 31 años ha estado ya en los cinco continentes. Por supuesto que ha conocido ríos más imponentes que el Guadiana, pero sus aguas, su gente y sobre todo sus chicas, esas chicas del Guadiana que tantas veces le han oto el corazón, hacen que sea imposible salir de la ciudad sin sentir un profundo desasosiego. Querría no depender tanto de ese estado de ánimo, pero nunca había sido capaz de desprenderse de él.

Se ducha, se viste, y baja a desayunar. Espera no encontrase con nadie, ya que se ha propuesto decidir por fin qué hacer los próximos meses. Quizá los próximos años. A todo el mundo le pasa, que delante de media con jamón y un café portugués las musas vienen enseguida a hacernos compañía, ya que ellas tampoco son capaces de resistirse a ciertos aromas. Badajoz huele a desayuno entre las 9:00 y las 12:00, y eso bien lo saben los seres que nosotros creemos imaginarios. En la ciudad todo ocurre a estas horas. Las grandes citas, las decisiones más importantes, las buenas y malas noticias: la urbe alcanza su cenit a la hora del desayuno. 

Y en estas estaba Tomás cuando una de sus musas le sopló algo al oído. De repente se acordó de su abuelo, y del piso que con tanto cariño había reformado para su nieto. También se acordó de sus padres, y de la ilusión que habían puesto para que él también fuera algún día profesor universitario. Sintió junto al aliento de su musa ese sentimiento de obligación que tantas veces le había oprimido el corazón, aunque esta vez era algo distinto. No tan intenso. Sentía admiración por sus padres, sobre todo por su padre, y estaba decidido a seguir sus pasos. Si su abuelo sólo había vivido para cuidar de su familia, trabajar y sacar adelante las fincas del pueblo, su padre había invertido casi todo su tiempo en darse a los demás. Bien en la universidad, bien escribiendo en el periódico local, Manolo, que así llamaba todo el mundo a su padre, no hacía otra cosa que pensar en cómo se podría solucionar tal o cual problema de los barrios de la ciudad, siempre en beneficio de los más desfavorecidos. Y no perdía ocasión para dar su opinión al respecto. Ahora él, gracias a una de las musas del Casco Antiguo, y el efecto catalizador de media con jamón y un café café, seguiría los pasos de su padre.

En realidad siempre lo había pensado. Los horarios de la universidad son muy relajados, y podría dedicarse a su otra gran pasión: la política. Daría el paso que no dio su padre. Estaba dispuesto a dejar de viajar, siquiera al pueblo donde tenían una finca con caballos y Tomás solía irse a desconectar de esta sociedad fría e insolidaria. Estaba dispuesto a sacrificarse, a comprometerse de verdad, sin reservas, acatando las normas propias de una organización política. Estaba dispuesto a ofrecer su tiempo, compartir su experiencia y sus vivencias, con el fin de conseguir un mundo mejor y más justo. 

Estaba seguro de obtener el título de Doctor en Química a lo sumo en cinco o seis años. Para entonces quizá fuera ya concejal. ¿Cuántos concejales con título de doctor había en el Ayuntamiento? La ciudad le necesitaba urgentemente, como la Universidad y los lectores necesitaban a su padre. Además él no era el típico político clasista, prueba de ello es que mucho de sus amigos eran fotógrafos como él. Y músicos, y poetas. Todos hablaban con admiración de Tomás el químico, hijo de Manolo el profesor de la Uni que escribía en el periódico. Los amigos le adoraban. ¿Por qué no la ciudad, su ciudad?

De repente le entraron ganas de mandarle un mensaje a su mejor amigo y contarle todo, pero pasó delante de un escaparate y se detuvo. Por fin había salido a la venta el último modelo de NIKON. Comprobó que tenía la VISA en la cartera, y entró decidido en la tienda. 

 

Wesseling, octubre del 15.

 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Camino a la escuela

Mi amigo Jota, que escribe magníficamente bien pues para eso es periodista, dijo un día que la patria de los niños es el patio del colegio. Para mí, los recreos eran como las vacaciones, que haya o no un buen plan, siempre las coges con ganas....pero duraban muy poquito y no daba tiempo para nada. No, mis raíces arraigaron camino a la escuela. Desde la calle De Gabriel hasta los Salesianos por las mañanas, y mismo destino pero desde calle Dosma por la tarde, se fue forjando paso a paso, y caminata tras caminata, gran parte de la personalidad de este humilde músico que escribe.

Por el camino empezábamos a intuir qué era aquello del amor, con esas primeras miradas no correspondidas, y por el camino descubrimos la verdadera amistad, aquella que perdura fuerte y arraigada, como esos árboles que dan fruto sin necesidad de atenciones ni cuidados. Tú elegías la compañía, y el camino era testigo de nuestros primeros encuentros y desencuentros.

Con nostalgia recuerdo aquellas gestas deportivas de vuelta a casa, como las 21 que nos echábamos en el sótano de la tienda de Jesús Poves o las carreras por la Avenida de Huelva con mi amigo Arturo Soria. O la impresión que me causaba el inmenso garaje Pla, última parada de mi amigo Felipe y penúltima para mí antes de llegar a casa. O las tardes en casa de mi amigo Mario Sánchez Camacho, donde nuestros hermanos pequeños querían montar un criadero de conejos.

Y según cómo te pillara el cuerpo al salir del colegio, tenías una gran variedad de opciones para llegar a casa (cuanto más tarde mejor). Porque un niño no entiende de caminos más cortos, ni divide la ciudad en barriadas, sino en zonas estratégicamente gobernadas por pequeños virreyes dueños de su territorio, que abarcaba más o menos un par de calles, y cuyo mandato consistía en mostrar orgullosos sus habilidades. Así, el descampado que había en El Pirulo (Plaza Sta María de la Cabeza) era área de jugar al escondite y cazar lagartijas, y quienes organizaban el cotarro eran Pasalodos y Ordaz. Pero si se querían ver buenos partidos, había que desviarse hacia María Auxiliadora, que era donde vivían el Ale (Núñez) y el Lolo (Sedas), que eran los mejores jugando al fútbol y echaban los partidillos por detrás de la estación de autobuses. Teníamos a los especialistas en llamar a los timbres de las casas, en levantar las faldas a las niñas, y a los ludópatas de las canicas, pues siempre ganaban en todas las partidas que se organizaban en cualquier calle que tuviera un poquito de tierra, que por esa época eran casi todas.

Había, como se ve, para todos los gustos, pero nuestro auténtico cruce de caminos era el Ancla de la Avenida Santa Marina, porque ahí coincidían las niñas de Las Josefinas y La Compañía de María. Y es que la belleza es la belleza aunque sólo se intuya; además, el sitio no le caía lejos de casa a nadie. Ese era mi centro de la ciudad.

Pero nada de esto era comparable, si a mediodía venían a recogerte los abuelos. Porque en cualquier rincón del mundo no hay estampa más bonita, ni alegría más inmensa, que unos abuelos esperando a sus nietos en la puerta de un colegio. Todos nos hemos ruborizados con el beso de una madre o un padre delante de los amigos; nunca con el de los abuelos. Definitivamente, la mejor compañía al volver a casa.

Y si todavía sigues leyendo esta publicación es que has tenido paciencia conmigo. Eso significa que eres de esas personas que puedes aceptar un pequeño consejo: si tienes hijos, sobrinos o nietos, no les lleves al colegio en coche. Se están perdiendo todo lo que pasa por el camino. ;-)

 

 

(Dedicado a mis compañeros del Colegio Salesianos Ramón Izquierdo)

 

viernes, 5 de diciembre de 2014

Motivaciones de un percusionisto

-Dedicado a María José De Vega Elías-

No hay músico que no haya trabajado gratis al menos una vez en su vida, como tampoco quien no ha pasado apuros para llegar a fin de mes. Ni los grandes artistas, aquellos que viven de mostrar su música, ni nosotros los del montón, que nos dedicamos a la enseñanza como sustento principal y de vez en cuando nos subimos al escenario. Tampoco los más mediocres, que paradojas de la vida, suelen ser los que gozan de más seguridad laboral: me refiero a los que enseñan cómo enseñar. Todos, sin excepción, hemos pasado algún bache en nuestra carrera.

Compartiendo plenamente lo que decía Larra, que no buscaba la fama porque seguramente la fama no le estaba buscando a él, me pregunto qué puede ser, pues, aquello que nos mantiene vivos a quienes nos dedicamos al arte y nos ganamos la vida con ello. Pero es una pregunta que no tiene sentido, porque el arte es tan humano que buscar su origen, su esencia, o el porqué, es tan absurdo como afirmar o negar la existencia de Dios. La respuesta es un misterio inalcanzable para nuestra comprensión. Sólo se puede intuir con el alma.

La auténtica alegría, el goce pleno de un músico, viene cuando cierras el paréntesis que abriste en el momento de tomar la decisión de dedicarte plenamente a la música. Sin más pretensión y con humildad, disfrutas cuando tus hijas te ven practicar con el instrumento cada día; cuando sientes que no hay nada más importante que tus alumnos y sus padres; cuando llegas a la prueba de sonido o al ensayo media hora antes que los demás porque quieres que todo salga perfecto. Y esa sensación de plenitud que cada cierto tiempo, y sin avisar, nos regala la música. En ese concierto, en ese ensayo, en esa clase o en esa mirada cómplice de tu pequeña, la música fluye de tal manera que lo impregna todo. Ya nadie es dueño de la situación. El momento es eterno....y nosotros con él.

 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Silbidos (#1)

(Dedicada a los Centauros del Desierto) 

Hay pocas acciones tan interesantes y variadas como silbar. En apariencia puede parecer algo sencillo e irrelevante, pero si observamos con detenimiento, podemos apreciar algo más detallado e incluso profundo. Porque no, no todos los silbidos son iguales.

 

Hay silbidos entonados por personas que no soportan la soledad, y silban muy bajito, de fondo, como quien duerme con la radio puesta. Su silbido les hace compañía. Están los silbidos nerviosos, de impaciencia, como los de la cola del supermercado un sábado por la tarde, o la tonadilla del pescador desesperado por llevar toda la mañana con la red vacía.

 

Hay silbidos que esconden una preocupación, de tal modo que la persona derrama su desasosiego por entre los labios, que ya no tiene forma de "o", sino de sonrisa invertida. La cadencia es lenta y susurrante, emitiendo notas sin una melodía concreta. Podemos escuchar estos auténticos requiem de los silbidos a cualquier hora del día; en la sala de espera de un hospital, la cola de un banco, o en la oficina del paro. No hay nada más español y que incite más a echarse a silbar como la oficina del paro.




Escuchamos también, muchas veces sin ser conscientes de ello, silbidos de felicidad eterna, como la del padre a quien su hija le planta un beso poco antes de entrar en el colegio. Y le entran ganas de gritar: "¡Ey, ¿no habéis visto lo que acaba de hacer mi niña?!" Pero como quiera que es un buen hombre, sabe reprimir sus impulsos y sencillamente se pone a silbar. Y vaya silbido.....¿felicidad eterna he escrito? Vaya cursilería. Quizá quise decir de orgullo, como el que muestra Sir Alec Guinness escuchando a sus soldados silbar "La Marcha del Coronel Bogey". Porque cuál es si no la mayor alegría de un padre, ver crecer a sus hijos y sentirse orgullosos sólo por eso.

 

Y seguro que quien esté leyendo ésto, alguna vez ha intentado en un repentino ataque de nostalgia, imitar el sonido de nuestro abuelo mientras se afeitaba, o la canción que acompañó a nuestro primer beso. Entonces la melodía se adueña del último rincón del alma, alterando incluso los sentidos, ya que no sólo podemos ver a nuestro abuelo delante del espejo mientras se afeita, sino que el aire huele a Ducados y a Floïd. Y no sólo recordamos nuestro verdadero primer amor, sino que podemos tocar su pelo, besar de nuevo sus labios, y sentir el aire fresco de la primavera. De aquella primavera que nos acompañará por siempre, y florecerá seguro en el invierno de nuestra vida, tal y como crece entre las nieves la flor del Edelweiss.