lunes, 21 de diciembre de 2015

Estampas alemanas: "El músico callejero"



Una de las pocas personas con las que hablo español, es un músico peruano que toca en la parada de metro de mi ciudad. Es un tipo bajito, educado y amable, y siempre dice "Guten Morguen, adiós amigo". Es su sello de distinción. 
Tocar, lo que se dice tocar, no lo hace casi nunca, pues siempre se le acerca alguien para charlar con él, y yo, por compartir idioma, tengo trato prioritario.

La semana pasada estaba preocupado porque se le había roto un sistema ideado por él, una especie de remolque donde lleva la guitarra atada a la bicicleta con la que se desplaza. Otro día le cuento yo lo mal que cocinan los alemanes, y él me hace unos gestos cómplices que a mí me valen más que todo el oro del mundo. También nos ponemos trascendentes, como el día que se nos acercó una rubia de aquí te espero, le echó una moneda y le tiró un beso. El músico, que no tengo ni idea de cómo se llama ni él cómo me llamo yo, se tapó la cara con las dos manos, meneando el cuerpo hacia adelante y hacia atrás, tal y como hacen algunos musulmanes cuando rezan. Estaba muy emocionado, y no me extraña porque también lo estaba yo y la película no iba conmigo. Muy serio, va y me dice: "Esto es lo que nos queda mein Freund, la belleza. Los hijos crecen y se olvidan de uno, la vida va unas veces mal y otras peor, pero las cosas bellas permanecen". Y los dos nos quedamos contemplando a la rubia que se iba, igual de extasiados como se quedan los entendidos delante de un cuadro del Prado.

Hay veces que no aparece durante toda la semana, "porque hace frío y se está mejor resguardadito". Entonces yo me alegro de vivir en un pais con un sistema social que le permita al músico quedarse en casa si hace frío, y además tener hijos universitarios. Porque tiene un hijo que estudia en la universidad, y otro hace que hace una formación. "Yo prefiero vivir en Perú, pero sería un mal padre si no le diera esta oportunidad a mis hijos". Y hoy lunes, precisamente hoy, me ha confiado una desgracia familiar que espero se le solucione. Es un misterio cómo le confiamos nuestros pesares a gente que apenas conocemos, intuyendo por una mirada, un gesto, o un qué sé yo, que la otra persona está dispuesta a escuchar con cariño y atención. Y estos son los pequeños momentos en los que uno se siente contento de pertenecer a la raza humana.

Wesseling, 22.12.15.























lunes, 14 de diciembre de 2015

Cuentos a orillas del Rin: El músico sureño



Faltaban pocos minutos para el recital navideño con los niños. El gimnasio del jardín infantil estaba decorado con árboles de cartulina y lucecitas de colores con forma de estrellas. Ningún símbolo religioso a pesar de ser un centro católico, quizá por la gran cantidad de niños que pertenecían a otras confesiones. O simplemente a ninguna. 
Alguien dio órdenes de apagar las luces y el nuevo maestro, un músico sureño recién llegado a la ciudad, comprobó que las imágenes de su proyector se reflejaban perfectamente en la pared de la sala. Había estado toda la mañana buscando dibujos que empastaran con la música y el texto que los niños iban a interpretar, que había compuesto él mismo.

Se presentaba por primera vez ante los padres, y esa recital de música era crucial para que le formalizaran el contrato. Ya contaba con el visto bueno de la dirección, del personal educativo y de los niños, pero tenía que convencer también a las madres. Esas dos o tres madres que en todo grupo humano donde hay menores de por medio, son las que, tras decenas de visitas al despacho del director del colegio, de la escuela de música o del taller de pintura, deciden quién está capacitado para realizar las actividdes extraescolares.
Y ahí estaba él, dispuesto a pasar un rato agradable y además afianzar su puesto de trabajo. No estaba nervioso, salvo por una maestra que él consideraba como un ser casi divino. Su belleza era sublime, y si sus miradas coincidían, el músico sabía que todo podría irse al garete. Tan nervioso se ponía, que le temblaban las manos y sus rodillas se doblaban hasta hacerle perder el equilibrio. Miró al frente con la intención de no ver a nadie, salvo a sus alumnos. Pero seguía pensando en ella.

Empezaron el pequeño recital y fue todo un éxito. Los niños disfrutaron, los padres aplaudieron y el músico sureño observó cómo la madre suprema, que se había situado estratégicamente al lado de la directora, aplaudía con vigor y casi sin cadencia, "rubato", pensó. Asentía de manera obstentosa y poniendo los labios en forma de "o", mirando a la directora sin dejar de realizar uno solo de estos aspavientos. El futuro del músico sureño estaba asegurado.

Los niños salieron a jugar y algunos padres hablaban cordialmente con el artista, cuando de repente, entró en la sala un padre rezagado. El músico reparó en él y empezaron a temblarle las rodillas. Era el marido de su musa, su amada, la persona que le hacía olvidar este asqueroso mundo gris. Se acercaba andando con las manos en los bolsillos, mirada indiferente, seguramente recién salido de la sesión semanal de spinning o aqua jogging. El músico quiso hacer todo lo posible por guardar la compostura, así que decidió salir del recinto. Sonrió a los padres con los que hablaba diciéndoles que tenía que ausentarse para ver a la directora, y agachó la cabeza para no encontrarse con la mirada de nadie. Pero con esa decisión cambiaría de nuevo su vida.

Al mirar hacia abajo, se dio cuenta que el ladrón de musas calzaba unas llamativas botas de mosquetero con cordones desabrochados. Fue demasiado para el artista pues odiaba, sobre todo en esta vida, las botas de mosquetero. Así que alzó la vista, miró directamente a los ojos del tipo, y le golpeó en la nariz con todas sus fuerzas, ante la mirada atónita de los pocos padres que aún permanecían en la sala. El mosquetero agredido se incorporó para devolver el golpe, en posición de ataque tal y como le habían enseñado en las clases de defensa personal del gimnasio.

Y así se quedó, como petrificado, con el puño derecho levantado hasta la altura de los ojos, y la mano izquierda totalmente abierta a la altura de la barbilla. El músico, ya tranquilo y relajado, se dio la vuelta dando la espalda al marido de su musa. Miró hacia el escenario, suspiró, y se puso a recoger. "Da igual, de todas maneras, no me gustaba la ciudad" -pensó. "Me marcho a algún lugar donde haga tanto calor, que la gente use chanquletas todo el año, y no esa mierda de botas mosqueteros". Metió sus cosas en el coche, y se fue para siempre.


Wesseling, diciembre del 15.





















martes, 1 de diciembre de 2015

Cuentos a orillas del Rin: San Nicolás


Cuentos a orillas del Rheinland.

San Nicolás.

Era noche cerrada en la ciudad, soplaba el viento y hacía frío. No había un alma por las calles, pues hacía rato que todos dormían. Tan solo un gato, trotando lento y acompasado, cruzaba por detrás de la iglesia de San Germán en dirección al Rin, donde un barco cargado con mercancías surcaba las aguas río arriba. El aire olía a industria.

En ese preciso instante, un hombre bajito y rechoncho apareció por detrás de una esquina en penumbras, a pocos metros de la iglesia. Andaba raudo y con paso firme, levantando mucho las rodillas, chapoteando el asfalto con sus enormes y largas botas. Vestía anchos pantalones de pescador, y un anorak con capucha en forma de cono, de cuyo extremo pendía una borla que del uso, estaba a punto de desprenderse. Su barba era gris, frondosa y alargada, atada a su final con finos hilos de colores, como si fuera una prolongación invertida de su capucha. Nuestro personaje era, nada más y nada menos, que Nasio el paje, mirando impaciente su reloj de bolsillo.

Las campanas de la iglesia dieron las doce, cuando de repente dejó de soplar el viento. Con la última campanada, las luces de las farolas empezaron a parpadear. El cielo se abrió y en un instante, resplandeció sobre la ciudad una noche limpia y estrellada. Nasio se detuvo para mirar impaciente hacia arriba, en dirección al Rin, donde una luna blanca y hermosa, iluminaba el humo que salía de las fábricas.
- "Este año se está retrasando" -pensó Nasio en voz alta-. "Bien es verdad que Myra está lejos de aquí. Pero llevamos siglos siendo puntuales. Incluso en las Navidades del 43 y del 44, cuando tuvimos que esquivar esos horribles aviones y casi no teníamos algo que regalar a los niños, llegamos puntuales el día 6. Pero este año no sé por qué, todavía no está aquí".

Pasaban ya veinte minutos sobre la medianoche, cuando Nasio pareció escuchar algo a lo lejos. ¿Sería por fin el obispo? El hombrecito levantó la cabeza. Estaba expectante, y durante un instante no movió un solo milímetro de su cuerpo, excepto los dos ojillos que brillando por el reflejo de la luna, se movían excitados de un lado a otro. 
Tocotó-tocotó-tocotó.... !sí, era el sonido del trote de Frido, el caballo de San Nicolás! Nasio echó a correr hacia él. !Por fin había llegado! Ahí estaba el obispo, sonriente a pesar del largo viaje, luciendo como siempre, una enorme barba blanca y bien cuidada. Le acompañaba un séquito compuesto por siete pajes y 4 caballos que tiraban de dos carromatos llenos de regalos, sobre todo, caramelos y libros.

-Hola Nasio, ¡alegra esa cara hombre!
-Perdone señor Obispo, pero lleva usted tanto retraso....
-Ah, no me cuentes Nasio, no me cuentes y vamos a apresurarnos. Siguen llegando niños desde Mesopotamia, y no quiero que ninguno se quede sin su regalo.....y menos estos angelitos Nasio, que lo han pasado muy mal hasta llegar aquí.

San Nicolás y Nasio seguían nombrando los países tal y como ellos lo conocían antiguamente, hace ya más de 1500 años. Desde entonces, el mundo había cambiado mucho, pero San Nicolás y Nasio  no se preocupaban  mucho por  ello, y no habían faltado ni una sola vez a entregar regalos a todas las niñas y niños que dejaban a la vista un calcetín, la noche del 5 de diciembre. ¿Y por qué un calcetín? Porque San Nicolás, cuando era obispo de la pequeña ciudad turca de Myra, ayudó a una familia necesitada arrojando dinero por la única ventana de su casa. Deseaba ayudar a la familia, pero sin que ésta se enterara, para no herir su orgullo. Las monedas de oro fueron a parar a unos calcetines que se estaban secando en la chimenea. El obispo salió corriendo, y en la carrera se tropezó con Nasio, que lo había visto todo. San Nicolás le hizo prometer que no diría nada y como Nasio cumplió su promesa, San Nicolás le hizo su ayudante y le concedió la inmortalidad.

Así que ahí estaban San Nicolás, Nasio y un montón de pajes, dispuestos a recorrer las calles de la ciudad para entregar caramelos y libros a los niños y mayores, que pusieran un calcetín en algún lugar visible de la casa. Nasio se adelantaba cada año para comprobar que los niños habían dejado sus calcetines, y luego llegaba San Nicolás con sus pajes y entre todos repartían los regalos. Y tal como hiciera el obispo hace más de 1500 años, después de llenar los calcetines salían de las casas agachados y en silencio, para no despertar a las niñas y niños que esa noche, seguro soñaban con los regalos del santo. Y justo cuando San Nicolás salía del jardín de la última casa, comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia. 

El viento meció las copas de los árboles más altos, silbando cada vez más fuerte hasta arropar por completo la ciudad. De las chimeneas de las fábricas seguía saliendo humo, y un barco cargado con carbón, surcaba despacio las aguas del río. Entre los finos hilos de una densa lluvia, se distinguía a lo lejos los faros de un coche que según avanzaba, se le iban reflejando de manera intermitente las luces ámbar de las farolas, como el metraje final de una vieja película de Súper 8. 

Conducía Emil el panadero. Aparcó su viejo coche, y salió deprisa con la cabeza gacha y los hombros encogidos. Abrió la puerta de la panadería y antes de que ésta se cerrara, el artesano ya tenía puesto su mandil, que colgaba del perchero de la entrada. Desde fuera se veía cómo iba encendiendo las luces del establecimiento. Primero una, después otra, hasta la última luz al fondo de la casa. Allí, justo al lado del horno, Emil había dejado un par de zapatos. Sobre ellos un libro: "Momo" de Michael Ende, primera edición año 73. Lo cogió entre sus manos, se acercó a la ventana y miró emocionado a ninguna parte. La lluvia golpeaba los cristales, pero Emil no podía ver nada. Estaba lejos de allí, recordando el día en que su tía le regaló ese mismo libro, una estupenda tarde de verano. Ella siempre le regalaba libros. Y por un instante, volvió a ver a su familia, paseando por el río, jugando con sus primos en el parque, preparando junto a los abuelos el árbol de Navidad. 

Emil volvió en sí cuando la primera lágrima resbaló por su mejilla, y decidió comenzar con su jornada de trabajo. Faltaban horas para que amaneciera, y la ciudad seguía durmiendo. Nasio descansaba ya en su cabaña a orillas del Rin. San Nicolás le daba de comer a Frido, mientras le susurraba algo al oído. El obispo se sentía cansado pero satisfecho, y pensaba lo hermosa que sería la sonrisa de un niño, al despertarse ese día por la mañana temprano.

Wesseling, diciembre de 2015.




lunes, 23 de noviembre de 2015

Estampas alemanas: "O.T."


"O.T."

Una de las personas a las que nunca voy a olvidar es a O.T. Murió hace unos años, a los pocos meses de fallecer su mujer. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, nunca hablaba del conflicto, ni solía dar consejos, aunque tenía una memoria prodigiosa, ya que se acordaba del nombre de todos los miembros de su familia, que no era poca, y de todas las personas que tenía a su alrededor.

Persona afable y tranquila, era seguidor del Shalke y aficionado al boxeo. También tenía un huerto. Sus hijos contaban que cuando era más joven, solía beber un poco más de la cuenta, los domingos a la salida de misa. Cuando le visitaba, también tenía por costumbre sacar una botella de licor, sentarse a mi lado, y decirme: "Israel, vamos a vaciar la botella". Y la vaciábamos. Los ancianos y los niños saben muy bien al lado de quién deben sentarse para conseguir lo que quieren.

Era entonces cuando se animaba, y se encendía recordando canciones de otras épocas. Y nos contaba lo mal que lo pasó en el Mar del Norte, durante la Segunda Guerra Mundial. Le destinaron a las calderas de un submarino, y recordaba cómo algunos compañeros, agotados, se abrían la cabeza al caer de las literas. Muchos se suicidaban. Una vez dijo que soñaba a menudo con el submarino, y que si le obligaran a subirse otra vez, se pegaría antes un tiro. De manera sincera y sin dramatismos contaba que odiaba el amanecer, porque le recordaba la hora de los bombardeos de los aviones enemigos, que venían del este justo al salir el sol, para no ser descubiertos. Contaba también que cuando acabó la guerra y llegó a casa, era de noche. Estaba todo destruído. Se le acercó una prima y le dijo que a la mañana siguiente todos los hombres del pueblo tenían que estar a las 6:00 de la mañana dispuestos para recoger escombros. No tuvo ni ocho horas para poder descansar.....
Le recuerdo con muchísimo cariño, y con cariño le hablaré de él a mis hijas. Me pregunto qué pensaba él de mí, un español que se ganaba la vida tocando la batería. Cómo vería el mundo actual, lleno de gente quejándose por situaciones insignificantes en comparación con las vividas en una guerra a nivel mundial. Qué pensaría de los que están sembrando Europa con terror, y de la gente que piensa que la guerra se puede parar con una guitarra o con la biografía de Ghandi en la mano. ¿Les daría a ellos la razón?

Pero sobre todo pienso que de alguna manera estoy en deuda con él, y con esa generación de mujeres y hombres que nos dejaron esta hermosa Europa en la que vivimos. En deuda con el esfuerzo que hicieron; en deuda porque, excepto cuando se les desbordaba el alma por culpa de un recuerdo, una vieja canción o unas copas de vino, vivían su angustia en silencio. En deuda porque nunca les faltó una sonrisa para los demás, aunque ese día se levantaran recordando que hacía justo 60 años perdieron a un padre, una hermana o la persona que más querían. En deuda y también agradecido, por haber conocido a tan magnífica persona. Y al menos el tiempo que yo viva, su recuerdo permanecerá vivo en nuestra casa.


Wesseling, 23 de Noviembre de 2015





















lunes, 16 de noviembre de 2015

Tres momentos sobre las noticias de París



De los cientos de imágenes y sonidos que se han emitido este fin de semana en relación al terror sufrido en París, me quedo con estos tres:

1-La gente corriendo desde las gradas hacia el centro del campo, al finalizar el Francia-Alemania. Se me hace un nudo en la garganta al ver a un padre abrazado a su hijo, la criatura llorando y el padre mirando hacia todos lados. Junto a ellos unos chicos riendo y haciendo fotos con el móvil. Una mujer se ha desmayado y la ayudan entre dos o tres personas. El realizador vuelve a mostrar otro niño llorando, y a gente hablando por el móvil. Mucha gente hablando por el móvil.

2-Manolo Lama contando que está a punto de salir con la expedición que acompaña a la Selección Española. Juegan en Bruselas y las medidas de seguridad son máximas. Según Lama, viajan tan sólo 72 personas. "El miedo es libre", dice, y los patrocinadores e invitados de la Federación han anulado el viaje. Algunos jugadores han dicho que si por ellos fuera, no viajarían.

3-Un militar explica, sin tapujos ni frases encriptadas, que militarmente hablando, el Estado Islámico estaría completamente derrotado en menos de una semana y sin bajas para los aliados. Saben dónde está el petróleo que venden y utilizan, saben quién está detrás de la venta de antigüedades (uno de los negocios para financiar a los terroristas), saben dónde tienen los arsenales de armas..... pero también saben que los terroristas utilizan escudos humanos, y según el militar la sociedad de hoy en día no apoyaría una solución en la que morirían inocentes.

Cada día que pasa soy más pesimista. Ya no sé si es algo enfermizo, o por alguna causa que se me escapa. Lo que puedo asegurar es que no es impostado. Y pienso que sólo por casualidad, no se derrumba el mundo donde vivimos. Me pregunto cómo podemos ser tan insensibles como para no mirar hacia nuestro alrededor por si alguien necesita ayuda, mientras hacemos fotos con un móvil. Me pregunto qué harán a partir de ahora las personas que libremente han decidido cancelar el vuelo con la Selección, si volverán a tatarear con la misma pasión el himno, y si saludarán a los jugadores de igual manera como solían. Y me pregunto qué se les pasará por la cabeza a esos políticos que tanto insultamos y menospreciamos, pues saben que hagan lo que hagan los criticarán los votantes, esos mismos que cancelan vuelos, que miran para otro lado cuando hay gente que necesita ayuda, o que posan con cara de circunstancia para la nueva foto de perfil con la bandera tricolor. Por no hablar de los Bardem y los Toledo, más cercanos al Reino Vegetal que al Animal. El ser humano es un pozo sin fondo. Sin remedio alguno.

Wesseling, 16.11.2015















domingo, 8 de noviembre de 2015

Estampas alemanas: "La inmigración en Alemania"


Estampas alemanas: "La inmigración en Alemania".

Escribe Stefan Zweig en El mundo de Ayer: "Sabemos por experiencia que es mucho más fácil reconstruir los hechos de una época que su atmósfera espiritual. Ésta no se encuentra sedimentada en los acontecimientos oficiales, sino más bien en pequeños episodios personales".

Lo que está pasando actualmente con la inmigración en Alemania, no es tan difícil de sentir si se vive desde dentro. No me refiero a esa inmigración de europeos que, con aspecto descuidado pero con dinero suficiente en la tarjeta de crédito, se vuelven a casa después de vivir unos meses en el Motor de Europa. Regresan tal y como habían venido: sin saber alemán, con un montón de títulos que en el día a día de una empresa no sirven para nada, y con la convicción de que un gobierno, en este caso el alemán, tiene la obligación de sacarles las castañas del fuego y hasta de cogerles de la mano para cruzar la calle, si hiciera falta. 
No, no es esta la inmigración de la que hablo. Son inmigrantes que lo han perdido todo. Que están dispuesto a arriesgar su vida y la de sus seres queridos porque, sencillamente, ya murieron una vez. No vienen en nombre de Alá o del Dios cristiano, y ya tampoco pertenecen a un país. Se deben a su familia, que es la patria por la que cualquiera de nosotros lucharía hasta el último aliento, hasta la última brazada en medio del mar, hasta la última gota de agua en medio del desierto. 

Mi mujer estuvo atendiendo a los primeros refugiados que llegaron a la ciudad donde trabaja. Me contó que le había extrañado ver muchas mujeres y niños, sin sus maridos. No se atrevió a preguntar el porqué, pero luego nos enteramos. En la frontera de algunos países donde los refugiados tenían prohibida la entrada dejaban pasar, por caridad, a mujeres y niños. A los hombres no. Duele imaginar el verme obligado a separarme de mis hijas. Tratemos de ponernos en la piel de estas personas. Ahora bien: ¿cómo describimos estos hechos?

Los hechos oficiales son lo que nos cuentan los medios de comunicación. Una manifestación de 2000 personas que no quieren inmigrantes tiene más peso en las noticias diarias, sobre todo la de fuera de Alemania, que las miles de personas que de manera anónima, se acercan a la iglesia, a la mezquita, al ayuntamiento o los bomberos, para llevar ropa, carritos de bebé o mantas; jubilados que se ofrecen para reparar bicicletas y vecinos que se organizan para llevarle al jubilado sus bicicletas usadas, con el fin de que puedan utilizarlas otros; aficionados al fútbol que están llenando los estadios con la misma pancarta: "Bienvenidos refugiados"; guarderías y colegios que recojen material para confeccionar farolillos de San Martín, y juntos, los niños ya asentados y los niños recién llegados, ayudados por algunos padres, ensayamos la música para el gran desfile del día 11 de noviembre, día del santo. Se ha creado una atmósfera espiritual que impregna cada rincón de este maravilloso país.

Mientras unos pocos se manifiestan contra los recién llegados, y los alcaldes justifican su puesto organizando foros sobre inmigración "con especialistas en la materia" que también tienen que justificar su auto-proclamada y descafeinada sensibilidad, la inmensa mayoría está decidida a sonreír, a tender la mano, a ayudar. Por todo esto, Europa es un lugar cada vez más hermoso, y su éxito como espacio de convivencia está asegurado.

Wesseling, noviembre del 15.













lunes, 2 de noviembre de 2015

Cuentos a orillas del Guadiana: "Tomás"

Son casi las once de una estupenda mañana y Tomás se acaba de despertar. Está de muy buen ánimo, pero también cansado. Acaba de venir de un viaje por Sudamérica, regalo de sus padres al terminar el último máster. Ahora podrá exponer sus mejores fotos del viaje tal y como ha hecho otras veces. Como le repetía siempre su abuela: "las cosas no son como son, sino como se las recuerda".

Tomás sale al balcón y contempla maravillado el río Guadiana. Se pregunta qué es lo que tiene esta ciudad de la que es imposible desarraigarse. Él conoce mundo. En tercero de carrera estuvo un año en Roma, pasó 6 meses en Londres haciendo un máster y a sus 31 años ha estado ya en los cinco continentes. Por supuesto que ha conocido ríos más imponentes que el Guadiana, pero sus aguas, su gente y sobre todo sus chicas, esas chicas del Guadiana que tantas veces le han oto el corazón, hacen que sea imposible salir de la ciudad sin sentir un profundo desasosiego. Querría no depender tanto de ese estado de ánimo, pero nunca había sido capaz de desprenderse de él.

Se ducha, se viste, y baja a desayunar. Espera no encontrase con nadie, ya que se ha propuesto decidir por fin qué hacer los próximos meses. Quizá los próximos años. A todo el mundo le pasa, que delante de media con jamón y un café portugués las musas vienen enseguida a hacernos compañía, ya que ellas tampoco son capaces de resistirse a ciertos aromas. Badajoz huele a desayuno entre las 9:00 y las 12:00, y eso bien lo saben los seres que nosotros creemos imaginarios. En la ciudad todo ocurre a estas horas. Las grandes citas, las decisiones más importantes, las buenas y malas noticias: la urbe alcanza su cenit a la hora del desayuno. 

Y en estas estaba Tomás cuando una de sus musas le sopló algo al oído. De repente se acordó de su abuelo, y del piso que con tanto cariño había reformado para su nieto. También se acordó de sus padres, y de la ilusión que habían puesto para que él también fuera algún día profesor universitario. Sintió junto al aliento de su musa ese sentimiento de obligación que tantas veces le había oprimido el corazón, aunque esta vez era algo distinto. No tan intenso. Sentía admiración por sus padres, sobre todo por su padre, y estaba decidido a seguir sus pasos. Si su abuelo sólo había vivido para cuidar de su familia, trabajar y sacar adelante las fincas del pueblo, su padre había invertido casi todo su tiempo en darse a los demás. Bien en la universidad, bien escribiendo en el periódico local, Manolo, que así llamaba todo el mundo a su padre, no hacía otra cosa que pensar en cómo se podría solucionar tal o cual problema de los barrios de la ciudad, siempre en beneficio de los más desfavorecidos. Y no perdía ocasión para dar su opinión al respecto. Ahora él, gracias a una de las musas del Casco Antiguo, y el efecto catalizador de media con jamón y un café café, seguiría los pasos de su padre.

En realidad siempre lo había pensado. Los horarios de la universidad son muy relajados, y podría dedicarse a su otra gran pasión: la política. Daría el paso que no dio su padre. Estaba dispuesto a dejar de viajar, siquiera al pueblo donde tenían una finca con caballos y Tomás solía irse a desconectar de esta sociedad fría e insolidaria. Estaba dispuesto a sacrificarse, a comprometerse de verdad, sin reservas, acatando las normas propias de una organización política. Estaba dispuesto a ofrecer su tiempo, compartir su experiencia y sus vivencias, con el fin de conseguir un mundo mejor y más justo. 

Estaba seguro de obtener el título de Doctor en Química a lo sumo en cinco o seis años. Para entonces quizá fuera ya concejal. ¿Cuántos concejales con título de doctor había en el Ayuntamiento? La ciudad le necesitaba urgentemente, como la Universidad y los lectores necesitaban a su padre. Además él no era el típico político clasista, prueba de ello es que mucho de sus amigos eran fotógrafos como él. Y músicos, y poetas. Todos hablaban con admiración de Tomás el químico, hijo de Manolo el profesor de la Uni que escribía en el periódico. Los amigos le adoraban. ¿Por qué no la ciudad, su ciudad?

De repente le entraron ganas de mandarle un mensaje a su mejor amigo y contarle todo, pero pasó delante de un escaparate y se detuvo. Por fin había salido a la venta el último modelo de NIKON. Comprobó que tenía la VISA en la cartera, y entró decidido en la tienda. 

 

Wesseling, octubre del 15.

 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Camino a la escuela

Mi amigo Jota, que escribe magníficamente bien pues para eso es periodista, dijo un día que la patria de los niños es el patio del colegio. Para mí, los recreos eran como las vacaciones, que haya o no un buen plan, siempre las coges con ganas....pero duraban muy poquito y no daba tiempo para nada. No, mis raíces arraigaron camino a la escuela. Desde la calle De Gabriel hasta los Salesianos por las mañanas, y mismo destino pero desde calle Dosma por la tarde, se fue forjando paso a paso, y caminata tras caminata, gran parte de la personalidad de este humilde músico que escribe.

Por el camino empezábamos a intuir qué era aquello del amor, con esas primeras miradas no correspondidas, y por el camino descubrimos la verdadera amistad, aquella que perdura fuerte y arraigada, como esos árboles que dan fruto sin necesidad de atenciones ni cuidados. Tú elegías la compañía, y el camino era testigo de nuestros primeros encuentros y desencuentros.

Con nostalgia recuerdo aquellas gestas deportivas de vuelta a casa, como las 21 que nos echábamos en el sótano de la tienda de Jesús Poves o las carreras por la Avenida de Huelva con mi amigo Arturo Soria. O la impresión que me causaba el inmenso garaje Pla, última parada de mi amigo Felipe y penúltima para mí antes de llegar a casa. O las tardes en casa de mi amigo Mario Sánchez Camacho, donde nuestros hermanos pequeños querían montar un criadero de conejos.

Y según cómo te pillara el cuerpo al salir del colegio, tenías una gran variedad de opciones para llegar a casa (cuanto más tarde mejor). Porque un niño no entiende de caminos más cortos, ni divide la ciudad en barriadas, sino en zonas estratégicamente gobernadas por pequeños virreyes dueños de su territorio, que abarcaba más o menos un par de calles, y cuyo mandato consistía en mostrar orgullosos sus habilidades. Así, el descampado que había en El Pirulo (Plaza Sta María de la Cabeza) era área de jugar al escondite y cazar lagartijas, y quienes organizaban el cotarro eran Pasalodos y Ordaz. Pero si se querían ver buenos partidos, había que desviarse hacia María Auxiliadora, que era donde vivían el Ale (Núñez) y el Lolo (Sedas), que eran los mejores jugando al fútbol y echaban los partidillos por detrás de la estación de autobuses. Teníamos a los especialistas en llamar a los timbres de las casas, en levantar las faldas a las niñas, y a los ludópatas de las canicas, pues siempre ganaban en todas las partidas que se organizaban en cualquier calle que tuviera un poquito de tierra, que por esa época eran casi todas.

Había, como se ve, para todos los gustos, pero nuestro auténtico cruce de caminos era el Ancla de la Avenida Santa Marina, porque ahí coincidían las niñas de Las Josefinas y La Compañía de María. Y es que la belleza es la belleza aunque sólo se intuya; además, el sitio no le caía lejos de casa a nadie. Ese era mi centro de la ciudad.

Pero nada de esto era comparable, si a mediodía venían a recogerte los abuelos. Porque en cualquier rincón del mundo no hay estampa más bonita, ni alegría más inmensa, que unos abuelos esperando a sus nietos en la puerta de un colegio. Todos nos hemos ruborizados con el beso de una madre o un padre delante de los amigos; nunca con el de los abuelos. Definitivamente, la mejor compañía al volver a casa.

Y si todavía sigues leyendo esta publicación es que has tenido paciencia conmigo. Eso significa que eres de esas personas que puedes aceptar un pequeño consejo: si tienes hijos, sobrinos o nietos, no les lleves al colegio en coche. Se están perdiendo todo lo que pasa por el camino. ;-)

 

 

(Dedicado a mis compañeros del Colegio Salesianos Ramón Izquierdo)